Penas y alegrías


La vida está llena de malos momentos. Llegan de una forma u otra con muchas ganas de quedarse colgando de tu espalda para hacerte la vida lo más complicada posible. La realidad se turbia, la negatividad se apodera de nuestra visión ocultando todos los momentos y personas maravillosas que nos rodean. Es entonces cuando llega "la persona". Ese alguien que juega un rol demasiado importante como para ser consciente de lo que está haciendo en realidad.

 Esa persona con una mirada tan limpia que nos mira y nos atraviesa. Ese individuo que convierte tu felicidad en su satisfacción personal. Porque hay mucho más por vivir pero, primero, se nos debe caer la venda de los ojos. Alguien debe prestarnos ese apoyo, infundirnos esa motivación que nos haga tomar decisiones trascendentes y despejar así nuestra visión. Es en ese momento cuando te paras y piensas, ¿por qué?. Si alguien merece tanto la pena, ¿por qué mantener este estado?

 Si mientras has leído esto se te ha venido alguien a la cabeza... dale las gracias. Cuida a esa persona si crees que lo merece. Porque al igual que los malos, los mejores momentos y las mayores alegrías también llegan cuando menos lo esperas de la persona más inesperada. Gracias.

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PODEROSAS PALABRAS

El poder de una palabra. Tan solo una palabra de apenas unas pocas letras puede hacer que un momento, un día o la propia vida de una persona cambie por completo.

Solemos olvidar el poder de las palabras y con frecuencia utilizamos las inadecuadas en el momento equivocado. Si nos paramos a pensar, una sola palabra puede declarar la mayor de las guerras o iniciar el mayor de los romances. Esto implica cierta responsabilidad a la hora de expresarnos ya que si no lo hacemos con claridad podemos dar lugar a situaciones embarazosas o meras confusiones.

En la vida cotidiana tendemos a no pensar en exceso las palabras que utilizamos. Para muchos resulta tedioso tener que pensar qué palabra exacta debería escoger para no generar dudas sobre lo que está expresando. Esto es algo que nos sucede a todos a diario a menor escala.  

En todos y cada uno de nosotros existe un poder mayor del que podamos imaginar. Tenemos el poder de alterar el humor o los sentimientos de otra persona tan solo con unas pocas palabras. Sobra decir que esto tiene lugar tanto para bien como para mal. Por ello más de alguna vez deberíamos pararnos a pensar en lo mucho que podemos afectar a los demás con lo que decimos. Claro está, desde aquí hablaremos de la parte positiva de este poder, no en pensar cómo hacer el mal.

Piensa en tu propia experiencia cotidiana. A menudo empezamos el día sin ganas, con sueño y pocas esperanzas de que el día se convierta en algo distinto, que nos traiga buenas noticias. Algo que nos saque de la rutina y nos produzca felicidad. Algo que nos haga sentir de una manera diferente a como sentimos ayer. Quizás no nos paramos a pensarlo cada mañana, pero en el fondo es lo que la mayoría deseamos, que hoy sea un día especial. Bien, ahora recuerda lo que acabas de leer, del poder de las palabras y piensa si tienes la capacidad para convertir el día de hoy en algo especial para esa persona. ¿Crees que lo tienes? Entonces, ¿por qué no lo llevas a cabo? Aportar a la felicidad de una persona es algo que a ti te hara ser más feliz.




Cada palabra que digas puede ser un susurro a la esperanza del que te escucha.



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TEMEROSOS MIEDOS

Dicen que tener miedo es de cobardes pero ¿es cierto esto? Si buscamos la palabra miedo en la RAE vemos que tiene dos posibles connotaciones:
  1. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
  2. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Vamos a pararnos a analizar cada una de estas definiciones de miedo. En primer lugar, el miedo es una sensación que nos provoca angustia por imaginar o tratar en realidad un riesgo. Esto es algo que nos sucede a todos. Muchas personas tienen, por ejemplo, miedo a los insectos y tan solo el hecho de imaginar que les está tocando una araña o una avispa les produce angustia. También es aplicable a otro tipo de sensaciones como puede ser el vértigo, el miedo a las alturas. Para las personas que sufren este tipo de miedo el simple hecho de imaginar que no tienen los pies sobre el suelo o apreciar una gran caída delante de ellos les provoca ansiedad.

Vamos ahora con la segunda parte y, quizás para mi, la más interesante. Según está connotación, el miedo provoca aprensión ante una situación en la cual podría sucedernos algo que no deseamos. Qué interesante, ya que un sinónimo de aprensión también es desconfianza. Por consiguiente, según esto que acabamos de ver, imaginar que podría sucedernos algo que no deseamos nos provoca desconfianza. Este sentimiento es mucho más común de lo que podríamos pensar. Lo sufrimos todos pero no lo tomamos como un miedo porque la primera definición es la más extendida.

Existen multitud de libros e historias que cuentan cómo podría uno afrontar sus propios miedos ya que suele ser un sentimiento que te impide vivir con normalidad ciertas situaciones. Superar nuestros miedos puede convertirse en una tarea ardua si no aceptamos primero que sufrimos dicho miedo. Si nos paramos a pensarlo, resulta entristecedor que por pensar que algo podría salir mal nos frenemos a hacer lo que deseamos. El dicho popular dice que el que no arriesga no gana, pero en este caso, el que no se enfrenta no los supera.

Más de uno podría pensar: claro, muy fácil decirlo pero hacerlo ya es otro cantar. Razón llevaría. Controlar nuestra mente para que no nos juegue malas pasadas no es fácil para los que desconocen las dos principales cualidades que te ayudan a hacerlo, a saber, autodominio y perseverancia. Trabajar en estas dos características nos ayudarán a mantener nuestra mente dentro de sus cabales y así superar sus miedos.

Sobra decir que además de todo esto, la ayuda externa puede ser muy beneficiosa. Superar un miedo significa trabajar día tras día hasta perder esa desconfianza que nos impedía disfrutar y hacerlo con ayuda resulta mucho más sencillo.

En cualquier caso, para concluir, decir que cada uno somos dueños de nuestras propias decisiones, como escribí una vez en este mismo blog, tú eres el propio diseñador y constructor de tu camino.




Lucha por quien lo hace por ti sin esperar nada a cambio.


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ETERNA BÚSQUEDA

Existen miles de teorías distintas y cientos de citas que intentan explicar exactamente cómo encontrar la felicidad. Muchas de estas teorías se basan en fundamentos religiosos así como en prácticas que uno puede llevar a cabo de cierta manera para ser feliz.

Lo cierto es que la fórmula secreta de la felicidad no reside en un consejo, un libro o en una entrada de un blog. Esta fórmula se encuentra sellada con todo tipo de seguridad dentro de cada una de las personas. La clave para ir desbaratando dicha seguridad y poder alcanzar la felicidad es un debate que aún se cuestionan muchos. Algunos vanalmente piensan que pueden encontrar la propia satisfacción y llegar a ser felices poseyendo objetos materiales o el propio dinero. Otros, intentan desmontar la seguridad de su felicidad proponiéndose ayudar a los demás, ya sea mediante prácticas sociales u otro tipo de aportación.

Métodos hay millones, tantos como personas en el planeta. Cada una es distinta a la anterior y lo será de la siguiente, por esto no existe una receta secreta que permita disfrutar de una plena felicidad de forma genérica. Sin embargo, la búsqueda que realiza cada uno también puede verse frustrada por no conseguir lo que quieren, ser felices. En estos casos la solución es perseverar hasta dar con la clave personal e intrasferible que desajusta los barrotes de tu felicidad interior y paz mental.

En ocasiones puede suceder que crees haber dado con la llave correcta cuando en realidad al usar esta llave aplicas un contador regresivo. Es bien conocido por todos que todo tiene un principio y un final, así cuando la cuenta atrás llegue a cero la puerta se cerrará volviendo a dejar oculta la luz que te alumbraba el camino. En estos casos solo puedes redimirte y seguir buscando con anhelo. En algunos casos la clave la tenemos nosotros mismos y la ignoramos por pensar que es demasiado obvia. 

Desde este blog compartimos la opinión de la constante búsqueda sin rendición. Quien algo quiere algo le cuesta y más si ni siquiera conoce qué forma tiene lo que desea y qué camino debe coger para llegar.




Quédate con los ojos que te ven sin mirarte.



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PERDIENDO EL NORTE

    Dicen que nos contentamos con lo que tenemos si pensamos que no vamos a optar a algo mejor. Viéndolo desde ese ángulo es muy probable que acabemos haciendo las cosas sin esforzarnos.

    Ponerse metas es una buena manera de saltarnos este pensamiento, querer alcanzar un objetivo impuesto por nosotros mismos suele ser productivo. De hecho sin ellas no cumpliríamos las muchas obligaciones que tenemos en la vida porque no estaríamos dispuestos a obligarnos por nada.

    Puede resultar complejo saber qué meta marcar, sobre todo a ciertas edades. Cuestiones como “qué quiero ser de mayor”, a qué me gustaría dedicar los próximos  40 o 50 años de mi vida y, por supuesto, con quién estaré dispuesto a compartir todos esos años.

    Todas estas cuestiones surgen en algún momento de la vida de una forma u otra. Por supuesto aparecerán muchísimas más según pase el tiempo. Tener una vida plena, que te llene y te haga sentir realizado es algo de lo que pocos pueden presumir, así que no te sientas extraño si te sientes identificado con lo que lees.

    Las personas como tú y como yo, siguen y seguirán teniendo dudas sobre qué hacer con su vida. Perder el norte es algo muy común que tristemente afecta cada vez a más gente. Sin embargo, no te preocupes, ¡hay maneras de recuperarlo!  Comienza por pararte, meditar un segundo qué estás haciendo de ti, en qué te estás convirtiendo y si te gustará el resultado. Ralentiza el tiempo a tu alrededor para poder decidir correctamente hacia dónde enfocar tu próximo paso.

    Quizás según pasen los días te sientas vacío, que no tienes nada en la vida a pesar de tener una familia, una pareja, un trabajo, estudios, una casa, un perro, tal vez un gato… Todo esto no hace feliz a una persona. Tan solo saber lo que quieres lo consigue. En ocasiones no es necesario ni siquiera haberlo conseguido, pero el hecho de saberlo produce una satisfacción interior.

    De modo que si has llegado a esa situación, te aconsejo que te pares los pies, te tomes tu tiempo y pienses cómo encauzar tu vida antes de que sea demasiado tarde. Aunque como se suele decir, ¡nunca es tarde! Mirarte y desear ser feliz no es muestra de egoísmo mientras no lo lleves al extremo; es posible que si no te paras tú a pensarlo, nadie lo haga jamás.

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TRASLÚCIDA PERSONALIDAD

Todos tenemos secretos, algunos de los cuales ni siquiera nuestros amigos o familiares más íntimos conocen. No por ello somos peores personas aunque tampoco nos hace mejores. Los secretos crean lazos de amistad pero al mismo tiempo están rompiendo otros de amistad, relaciones sentimentales o familiares.

El simple hecho de ocultar lo que hagamos nos convierte poco a poco en pequeños mentirosos que según pasa el tiempo y vamos creciendo esos pequeños secretos que no hemos contado se convierten en auténticas realidades ocultas a los ojos de los más allegados.

¿Estoy condenando el tener secretos? No, obviamente cada cual decide la persona en la que confiará plenamente y en la que no. Pero si es cierto que esto a veces puede provocar cierto distanciamiento. Tan importante es el momento en el que decidimos contar algo como el momento en el que no, ya que cada vez marcará, o no, el inicio de ese enfriamiento. Y es que si de algo podemos estar seguros es que todo sale a la luz tarde o temprano por lo que merece la pena plantearse si realmente debemos llegar a ocultar algo a ciertas personas.

¿Por qué digo si merece la pena? Porque si decidimos esconder un secreto pero no a todo el mundo, esa confidencia puede volar hasta oídos de quien no deseamos creando situaciones inesperadas o momentos de verdadera tensión en los que podríamos dar todo por perdido. Es un arma de doble filo del que podemos beneficiarnos o perjudicarnos según la suerte que tengamos.

Es cierto que las hormonas nos hacen cometer locuras de las que más tarde nos arrepentimos, tales como infidelidades, dejar de lado a alguien porque tengamos un mal día, tener conversaciones que sabemos que no deberíamos, etc. En ocasiones ocultamos esos actos o palabras dichas por miedo a otras personas y es lógico sentir ese miedo, pero si tuvimos el valor de llegar a hacer lo que tanto miedo nos da contar, debemos tenerlo para afrontarlo ante los demás.

Claro que no todo es decisión nuestra, uno de los mayores factores que influyen en que podamos hacer lo que queramos es la discreción. De ella depende que podamos esconder algo o no, ya que es muy fácil pillar a ciertas personas cuando están ocultando algo.

Es por ello que deberíamos pretender ser lo más transparentes posibles para evitar problemas que no querremos tener. El sobrepasar la línea que defiende nuestra intimidad creando misterios es totalmente desaconsejable porque esto provocaría que los demás se dieran cuenta de que no queremos que ciertas cosas salgan a la luz y acabarían sabiéndose.

Porque como ya hemos visto anteriormente, todo sale a la luz.
Y tú, ¿Estás segur@ de que eres transparente?

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