POR ORDEN

Es triste apreciar el abismal cambio de la personalidad de la gran mayoría de las personas. La vanidad de la fama, posesiones materiales o altos cargos, oscurece la importancia de los verdaderos sentimientos, de las buenas acciones e infravalora los sacrificios.

No es malo tener fama, sentirse admirado o recibir cierta alabanza siempre y cuando no se acabe convirtiendo en un reflejo de egoísmo. Al igual que el demostrar esa admiración tampoco es perjudicial siempre que sepa administrarse de forma sensata.

Con cierta regularidad esta constante práctica hace olvidar y, como ya he dicho, oscurecer, otro tipo de acciones o sentimientos que usualmente poseen una característica importancia. ¿Está esto mal? Éticamente hablando no podría responder a esta pregunta yo mismo, ya que cada cual es poseedor de su particular ética aprendida.

Claro está, el orden preferente de importancia que tiene cada acción se lo da cada uno, al igual que nadie es quien para cuestionar el orden dado por alguna persona. La mayoría de las personas llaman a la puesta en práctica de esta acción, madurez. El saber determinar qué hechos poseen una determinada importancia y poner éste conocimiento en práctica es la demostración del orden establecido y de la consecuente madurez.

Está en cada cual decidir si quiere demostrar el grado de conocimiento poseído, o simplemente prefiere no establecer un orden e intentar no ser consecuente de sus acciones. Afrontar la cruda realidad o dejar que otros la vivan por él huyendo constantemente de la seriedad.

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